7 - EL PADRE COMO EL OTRO OBJETO
El padre no
es cualquier figura de apego, es prioritariamente la otra figura de apego, otra en cuanto
diferente cualitativamente a la figura materna. Madre y padre no son intercambiables
porque son dos dimensiones diferentes de afectos y relaciones. El primer concepto a
demoler es el relativo a la “divina pareja madre-niño” y sustituirlo por el de “parejaINFAD Revista de Psicología, Nº 2, 2007. ISSN: 0214-9877. pp: 167-182
International Journal of Developmental and Educational Psychology, Nº 2, 2007. ISSN: 0214-9877. pp: 167-182 169
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niño”.
El padre no es ni un contenedor de la madre (Winnicott, 1965), ni una barrera protectora de la divina pareja madre-niño (Di Cagno y otros, 1990). El padre es parte integrante de la relación primitiva del niño, mejor dicho, es quien suscita la relación del niño con la madre; es la sombra que permite individuar y orientar al niño, metafóricamente, hacia la luz. Los recién nacidos están predispuestos de forma natural a relacionarse con las personas (Stern, 1985; Beebe, Lachmann, 2002), y está comprobado que el recién nacido distingue, ya desde las primeras quince horas de vida, la voz (DeCasper, Fifer, 1980), el olor (MacFarlane, 1975) y la cara (Field y otros, 1982) de la madre, prefiriéndola a cualquier otra persona. Pero esta distinción sólo se puede verificar si dos personas se alternan alrededor del niño. Los brazos de la madre se “reconocen” porque no son los del padre.
El padre no es ni un contenedor de la madre (Winnicott, 1965), ni una barrera protectora de la divina pareja madre-niño (Di Cagno y otros, 1990). El padre es parte integrante de la relación primitiva del niño, mejor dicho, es quien suscita la relación del niño con la madre; es la sombra que permite individuar y orientar al niño, metafóricamente, hacia la luz. Los recién nacidos están predispuestos de forma natural a relacionarse con las personas (Stern, 1985; Beebe, Lachmann, 2002), y está comprobado que el recién nacido distingue, ya desde las primeras quince horas de vida, la voz (DeCasper, Fifer, 1980), el olor (MacFarlane, 1975) y la cara (Field y otros, 1982) de la madre, prefiriéndola a cualquier otra persona. Pero esta distinción sólo se puede verificar si dos personas se alternan alrededor del niño. Los brazos de la madre se “reconocen” porque no son los del padre.

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